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Sándor Márai Librería #Chihuahua

Petróleo para Cuba

Petróleo para Cuba

Reforma

Vender petróleo a Cuba no es apoyar un régimen fallido. Es rechazar el miedo como criterio de política exterior y negarse a normalizar el castigo colectivo.

Fui a Cuba en septiembre. Lo que encontré fue un país que juega a ser país.

En el aeropuerto de La Habana, la ventilación es intermitente. Hay apagones de ocho, de diez, de hasta cuarenta horas en los barrios más ricos. En los más pobres, la luz puede irse días, incluso semanas. Como metáfora del fracaso, Coppelia, la principal heladería de La Habana, no tiene helados. No hay combustible suficiente.

En La Habana, la vida cotidiana se organiza alrededor de la escasez. Se camina cuando no hay gasolina; se espera cuando no hay transporte; se pospone cuando no hay energía.

El país avanza en cámara lenta.

Para sostener actividades mínimas —mover autobuses, refrigerar alimentos, mantener hospitales operando— Cuba necesita combustible. No lo tiene.

Es verdad: no vi las condiciones para un colapso espectacular. Vi algo acaso peor: una sociedad detenida, exhausta, funcionando por inercia.

Un país que juega a ser país.

En cámara lenta.

Desde esa experiencia concreta resulta difícil tomar en serio uno de los argumentos que ha ganado espacio en el debate público mexicano: la idea de que México debería dejar de vender petróleo a Cuba para no incomodar a Donald Trump.

Es una lógica sumisa. No discute si la política es legal, si es coherente con la tradición diplomática mexicana o si tiene efectos materiales sobre la vida de millones de personas. Discute, apenas, si puede provocar un gesto de enojo del señor que manda en Washington.

En ese razonamiento, Cuba desaparece como realidad material y México se reduce a un país que ajusta su política exterior por anticipación, por cálculo preventivo, por miedo. No se me ocurre una confesión de subordinación más evidente.

Reconozcámoslo. La parálisis que hoy vive la isla no se entiende sin su marco estructural: un embargo económico diseñado para forzar un cambio político mediante el aislamiento.

Los resultados están a la vista. Tras seis décadas, el régimen no ha caído ni se ha democratizado. El costo social, en cambio, ha sido brutal. No mató de hambre a los Castro. Sigue intentándolo con la población.

Conviene, al mismo tiempo, no eludir el otro lado del diagnóstico. Cuba es hoy un régimen autoritario, con todas sus letras. Su modelo político ha cerrado los márgenes de participación y su modelo económico ha fracasado en generar bienestar, productividad y horizonte. En Cuba la palabra futuro hace mucho dejó de conjugarse.

Cuba no es una revolución bloqueada que podría florecer si se levantaran las sanciones. Es un sistema que agotó su capacidad de ofrecer algo más que control y administración de la escasez. Defender el derecho de México a comerciar con Cuba no equivale —ni remotamente— a defender ese modelo.

Para entender hay que separar. Porque la discusión de fondo es otra: si México conserva o no el derecho a decidir su política exterior sin tutelaje. Vender petróleo a Cuba no viola ninguna norma internacional ni contraviene resoluciones multilaterales. Es una decisión soberana y amparada por criterios humanitarios.

Por eso resulta problemático que el debate se reduzca a una pregunta mal planteada: si conviene o no irritar a Trump. El eje del debate es otro: si México debe subordinar su política energética y exterior al temor de una reacción caprichosa y volátil, aun cuando esa decisión tenga efectos materiales directos sobre la vida de millones de personas.

Hoy es Cuba, pero mañana puede ser migración, seguridad, comercio o fronteras. Mientras esa lógica prevalezca, el peso de la bota de Trump se sentirá cada vez más.

Al final, el asunto no es Cuba, sino algo más elemental. Odiosamente elemental.

Como escribió Federico Bonasso en X, “lo que ocurre es que en Cuba viven seres humanos”. Conviene no perderlo de vista. “El cubano —o el palestino— a pesar de lo que sienten o piensan algunos, pertenecen a nuestra especie. Cerrarles el acceso a recursos, medicinas y alimentos es un acto inhumano y racista. Los gobierne quien los gobierne. Y si el mundo va a tirar a la basura la solidaridad para no molestar a Trump, gana el supremacismo y la barbarie”.

Vender petróleo a Cuba no es apoyar un régimen fallido. Es rechazar el miedo como criterio de política exterior y negarse a normalizar el castigo colectivo.

Fuente: https://www.reforma.com/petroleo-para-cuba-2026-01-15/op306632

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